Torres García:
una vida en el arte


Joaquín Torres-García (Montevideo, 1874-1949) es uno de los artistas uruguayos que mayor incidencia ha tenido a través de su obra y de su tarea docente en la historia cultural de su país, y uno de los poquísimos que dejó tras de si una escuela que trascendió fronteras y se mantiene viva en el presente, a más de medio siglo de su desaparición física.

El Universalismo Constructivo, que así se denomina su corriente estética, fue el resultado de una vida entera de búsqueda y reflexión incesantes, en donde el Arte -"con mayúscula", como solía decir- se convirtió para él en una meta de carácter metafísico, por no decir 'religioso', al que dedicó todas sus fuerzas.

La trayectoria vital de Torres-García es bastante curiosa: si bien nació y murió en Uruguay, vivió la mayor parte de su vida fuera del país. A los 17 años el joven emigró con su familia a Mataró (Cataluña), lugar de donde era oriundo su padre, para recién retornar a su tierra natal en 1934, unos meses antes de cumplir 60 años. Su larga residencia fuera de Uruguay puede dividirse, a los efectos de una mejor comprensión, en cinco períodos cronológicos: 1. Cataluña (1891-1920), 2. Nueva York (1920-1922), 3. Italia y sur de Francia (1922-1926), 4. París (1926-1932), 5. Madrid (1932-1934).

En todo este tiempo, desde que al año de llegar a España ingresara como alumno en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona hasta el momento en que decide regresar a Montevideo, Torres fue protagonista de primera línea en la formidable transformación del arte ocurrido en las primeras décadas del siglo XX. Fueron años en los que el artista tomó contacto con varios de los nombres más importantes de la pintura mundial a la vez que internamente se iba cocinando a fuego lento su postura final
-cristalizada en Montevideo- respecto a la pintura y al arte en general.

En 1903 trabajó junto al gran arquitecto Antoni Gaudí en la reconstrucción de la Catedral de Palma de Mallorca; unos años después, el crítico Eugenio D'Ors considera su pintura como un paradigma del Noucentismo: es la época en que Torres publica varios escritos teóricos sobre esta corriente catalanista, idealista y neoclásica, a la vez de consagrarse como muralista en el marco de este movimiento.

Cuando en octubre de 1918 el gobierno catalán decide cancelar la serie de grandes murales que desde hacía varios años el pintor venía realizando en el edificio de la Diputación de Barcelona, se produce un gran desengaño en Torres-García, que coincide con la influencia vanguardista que venía absorviendo del poeta Salvat-Papasseit y de su admirado compatriota el pintor Rafael Barradas (1890-1929), con quien intimaría primero personalmente en Barcelona y luego de forma epistolar cuando éste se fue de la capital catalana. Se produce allí un momento de inflexión en la carrera del pintor uruguayo-catalán que, por entonces, ya tenía 44 años. De hecho, a partir de ese tiempo pasará una década en silencio, sin fundamentar su producción plástica por medio de escritos teóricos
-como era su costumbre-, y dos años más tarde decide irse de Europa, abandonando para siempre Cataluña, su segunda patria, como lugar de residencia.

Sus dos años de estadía en Nueva York le dejaron un sabor agridulce. Por un lado sintió la atracción del ambiente cosmopolita y efevescente de una gran urbe, y por otro rápidamente reconoció que aquella sociedad materialista y sin tradición no era el mejor lugar para vivir. Poca obra realizó en este período: algunos óleos de la ciudad y sobre todo el famoso álbum de dibujos neoyorquinos, en donde con un trazo muy particular capta el latido de una ciudad en movimiento constante. Entre tantos otros artistas, allí conoció a Marcel Duchamp, el padre del arte conceptual que dominará el universo de la plástica durante la segunda mitad del siglo XX.

De regreso a Europa se instala en Italia, donde su propósito primario es la construcción de juguetes artísticos en madera para ser vendidos por una compañía neoyorquina. Consigue colocar su producción de manera irregular, mientras se va mudando de un lado a otro sin conseguir sustentarse como desea ni avanzar en su pintura. Más bien, según lo muestran los cuadros creados en este período, regresa al Noucentismo de inspiración clásica y mediterránea. Mientras vivió en Italia no logró exponer ni una sóla vez. Su pasaje por la Costa Azul de Francia -seis meses- es una prolongación del periplo italiano y el paso previo para su llegada a París, en donde su arte sufrirá una transformación muy significativa.

El ambiente artístico parisino de mediados de los años 20 era un gran laboratorio cultural en el que se ponían a prueba las últimas teorías en materia de plástica, literatura, música, cine, etcétera; un sitio en el cual se encontraban, café por medio, los artistas más talentosos e inquietos del momento. Es durante esos fermetales años en los que Torres-García vive en París cuando nacen sus primeras obras constructivas y cuando, después de una década, vuelve a escribir y a participar activamente en la discusión teórica.

Su amistad y trabajo con artistas como Theo van Doesburg, Luigi Russollo, Michel Seuphor y Piet Mondrian, y la voluntad de formar un grupo para oponerse a los preceptos surrealistas fueron vitales para que Torres avanzara considerablemente hacia su posición estética final que trataría de enseñar en Montevideo a partir de su regreso definitivo. El epicentro de este movimiento se llamó Cercle et Carré, revista portavoz del grupo homónimo que realizó exposiciones colectivas en donde la abstracción geométrica era el común denominador más evidente. Por entonces Torres se reencuentra con Pablo Picasso, justo cuando la influencia cubista dejaba paso al neoplasticismo en la pintura torresgarciana.

No obstante lo bien que para su búsqueda artística se sentía en París, debió marcharse, en virtud de que allí no era capaz de generar los recursos suficientes para sustentar a su familia. Por eso, y ya desvinculado por discrepancias conceptuales con el grupo de Cercle et Carré, se muda a Madrid a fines de 1932. El año y medio que vivió en la capital de España, según su propia opinión, fue "una de las épocas de su vida en que sufrió más" . Seguramente el contraste con el progresista ambiente parisino y el cansancio de comenzar otra vez con 57 años de edad hayan influído para que Torres calificara de esa forma su etapa madrileña. Período en el que por otra parte, continúa pintando en clave constructiva, utilizando las grillas y los grafismos simbólicos, esos caracteres que hoy el consumidor más desprevenido de pintura asocia con su nombre y su escuela en cualquier parte del mundo.

Dudando si viajar a México o a Uruguay, finalmente decide volver al país que lo vio nacer. Así, en abril de 1934 inicia desde Cádiz su último viaje rumbo a Montevideo, una tierra virgen en materia de arte moderno, una ciudad en donde la vanguardia artística era un nombre que aludía a una realidad ancha y ajena.

En Montevideo Joaquín Torres-García terminó de dar forma a un descubrimiento que le había llevado una vida entera: el Arte Constructivo Universal o Universalismo Constructivo, una cosmovisión ciertamente revolucionaria para el medio local, cuya semilla sólo germinó en los artistas más jóvenes, quienes consideraron a Torres más que un maestro, un pequeño Dios.

Como ha señalado Juan Fló, son tres las fuerzas que confluyen para formar su estética final: la tradición renacentista de la pintura, el formalismo de las vanguardias europeas y el carácter místico del arte primitivo. En definitiva, "en el Arte Constructivo no ocurre una síntesis de escuelas, sino de los dos grandes grupos de contrarios entre los cuales se debatió Torres: la pintura de la luz, la espontaneidad instintiva y sensorial, la realidad visual por una parte, y la geometría, la estructura, la razón por otra", afirma Fló con notable lucidez.

En los 15 años finales de su vida en Uruguay, Torres dictó cientos de conferencias, escribió artículos y libros, dio clases, organizó tareas colectivas, creó un taller en la mejor tradición medieval y renacentista, persiguiendo la utopía de un arte impersonal capaz de lograr la comunión del hombre con el orden cósmico. Por cierto, fue tal el resultado de su tarea que la Escuela del Sur que siguió adelante con sus principios representa un caso sólo comparable al movimiento muralista mexicano, en la historia del arte latinoamericano.

EDUARDO ROLAND