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Paso Molino, El Prado y sus alrededores

Última actualización: 05.07.2011 - 11:39
El Paso Molino fue, desde fines de la década de los años 50 hasta el 900, un paseo preferido por la "gente principal" de Montevideo. El Prado es el primer parque público de la ciudad. Se conformó como un proceso de agregación en el tiempo de calificadas estructuras verdes urbanas, localizadas alrededor del arroyo Miguelete, que es su principal conector y vertebrador.

Barrio Prado, Avenida Buschental. Año 1919.

Al promediar el siglo XVII, ya configurada la Gobernación Política y Militar de Montevideo, tendría lugar la inauguración del llamado "Molino de los Migueletes", construido por los padres de la Compañía de Jesús residentes en nuestra ciudad.

En 1747, el Presbítero Cosme Agulló se presentó ante el Cabildo, diciendo "que para la precisa manutención de dicha Residencia me veo obligado a hacer un molino de agua... (que) ha de ser un bien universal de todas las chacras y comercios de esta ciudad". El Cabildo accedió a la petición. Y el Molino debió estar emplazado cerca de la actual esquina de Manuel Herrera y Obes (ex Uruguayana) y Zufriategui.

El antiguo puente del Paso Molino

La epidemia de fiebre amarilla que se abatió sobre Montevideo en 1857, determinó que muchas familias principales, huyendo del contagio, se instalaran en sus quintas de la zona del Paso del Molino. Esta circunstancia y el creciente tránsito del paso determinó que, el 12 de enero de aquel año, la Junta Economico-Administrativa celebrara un contrato con la empresa "Sociedad Puente del Miguelete y Calzada del Arroyo Seco", que tenía por objeto la construcción de una calzada de piedra en el arenal del Arroyo Seco -aproximadamente en el eje de la actual Av. Agraciada, a la altura de la calle Entre Rios- y un puente de material en el Paso del Molino.

Los empresarios tendrían derecho a explotar la obra por un término de 50 años, cobrando el peaje que se fijara de acuerdo con las autoridades municipales, a cuyos efectos y para mejor percepción de las cuotas quedaban facultados para establecer barreras que cerrarían la vía. Tras alguna demora provocada por la referida epidemia, las obras fueron concluidas y habilitadas a fines de 1858.

Expresaba "La Nación" el 25 de noviembre de 1859: "El Paso del Molino con su bella y modesta capilla, su nuevo puente y sus casas fabricadas al capricho de los propietarios, va sobrepujando ya a la vieja y arenosa Aguada. Dentro de poco tiempo el Paso del Molino será el pequeño Versalles de Montevideo."

Sin embargo, al poco tiempo, el público que tantos elogios prodigara al puente sobre el Miguelete, reaccionó en forma desfavorable. El Arroyo Seco, durante casi todo el año, era un hilo de agua y levantaba protestas que se tuviera que pagar peaje por un servicio que, en verdad, resultaba innecesario. Así es que el 12 de enero de 1859 se ordenó el retiro de las cadenas que cerraban el camino al Cerro, actual Av. Agraciada, en el paso del Arroyo Seco, y ese mismo año se anuló la concesión por considerarla ilegal, de acuerdo con la Ley de 3 de noviembre de 1829, que mandaba sacar a remate todas las concesiones que otorgara el Estado.

El paseo del Paso Molino

Manuel Muñoz y Maines publicaba en "El Sud-Americano" de Buenos Aires, el 20 de junio de 1890: "¡El puente del Paso del Molino! Aquel punto de reunión de nuestra distinguida sociedad de entonces, a la hora del paseo, a medio día en invierno, después de una misa de una, los domingos, y a la tarde en verano, después de comer, hasta ya muy entrada la noche, la hora del teatro, del salón, etc."

El puente era el límite de la ciudad comprendidas las quintas, y en campo abierto. Era así como un balcón al cual se asomaban las niñas de la casa con el objeto de aspirar el aire puro del campo y darle acción a la vista, mientras oían la frase gastada y embustera, pero siempre seductora del novio, o la frase ligera, variada, y siempre sincera del amigo. ¡Qué panorama!

No era una monótona planicie; ondulaban el terreno en toda aquella extensión, preciosas cuchillas verdes sobre las cuales, como una inmensa víbora blanca, caracoleaba el camino de arena que conducía al Cerro; y aquí y allí diseminado en toda la zona pacía el ganado manso de los tambos vecinos; y uno o dos o más jinetes en sus caballos criollos corrían en sus laderas, y todo bajo un cielo azul guarnecido con cintas y encajes blancos, y más tarde, allá cuando el sol cayendo tras las cuchillas recoge sus rayos que prodigó temprano, para rematar la tarde, franjeado de rojo y oro.

Otra estampa literaria del paseo, con el título "El Paso del Molino a la hora del crepúsculo", fue la publicada en "El Club Universitario", periódico científico literario, en el ejemplar del 23 de febrero de 1873, debida a la pluma del entonces veinteañero Eduardo Acevedo Díaz. Dice en sus párrafos sustanciales:

"El tren-way volaba por la Agraciada, conduciéndome con más de una treintena de 'voyager' al Paso del Molino; la fusta hería los aires, la espuma bañaba el cuerpo de los potros, un polvillo dorado subía del empedrado en coquetas evoluciones hasta el interior de los coches, las bellas cubrían el rostro con pantallas y algunos solterones con abanicos; a ambos flancos de la vía, coches, carrozas, ómnibus, tilburys y tartanas avanzaban simultáneamente sin consideración a jinetes y transeúntes. Aquello era una confusión inimitable.

Pero sigamos avanzando hacia el Paso. Este puentecito se llama Quitacalzones, y en otro tiempo, Giovani Mastai, hoy Pío IX, siendo simple clérigo adjunto a una misión apostólica a Chile, y paseando de tránsito por estos sitios, cayó lindamente al arroyuelo y casi se ahoga por no haberse quitado los calzones.

Ese puentecito es un prodigio de lo bello, entre nosotros. Empiezan ya a distinguirse a ambos lados del camino, los palacios de delicias: arquitectura sajona, gótica, griega, torrecillas, chapiteles, agujas, templetes, miradores, observatorios, naranjas, medialunas, curvas chinescas, como los borceguíes que le pone Goëthe al diablo: verjeles, enrejados, cercos, eucaliptus: jardines gratos y silenciosos por cuyas alamedas vagan pensativas las niñas enamoradas y pesarosas de la primer querella, mientras que del exterior el aura las lleva prolongados rumores de un Corso anticipado."

El miembro de la "Societé de Geographie de Paris", Edmond Cotteau, en su libro titulado "Promenade autour de L' Amerique du Sud" recuerda su pasaje por Montevideo en 1877 y luego de describir su impresión por la ciudad, expresa:

"Una línea de tranvías conduce al Paso Molino, un largo barrio de los alrededores rodeado de casas de campaña entre las cuales se destacan algunas residencias verdaderamente principescas, rodeadas de magníficos jardines cultivados con laureles tintos en flores, camelias, agaves, eucaliptus, y una infinidad de arbustos con hojas persistentes. Uno allí ve nada más que un pequeño número de palmeras. Estas villas son en general muy elegantes; el estilo italiano domina, pero también hay chinos y de todos los estilos imaginables. Fuera de la ciudad uno percibe bien pronto que estamos en pleno invierno; los álamos y los sauces han perdido sus hojas. Los árboles frutales de los jardines no están todavía en flor. La campaña, ligeramente ondulada, se extiende a lo lejos bajo la forma de verdosos pastoreos sembrados de débiles ramas de arbustos con aspecto invernal. Los campos están bordeados de setos infranqueables, formados de plantas entrelazadas de pitas y de cáctus, y las calles plantadas con eucaliptus de follaje siempre verde. Acá y allá se levantan los gruesos Ombúes, "Pircunia dioica", árbol con el tronco enorme cuya madera es impropia para todo uso; los cuales pierden sus hojas solamente durante algunas semanas; varios existen también en la bonita plaza de la Constitución."

Hotel del Prado. Año 1917.

De la quinta del "Buen Retiro" al "Prado Oriental"

Sobre ambas márgenes del Miguelete se extiende hoy el paseo del Prado. El núcleo principal de terrenos que forman su actual extensión lo constituyen los que adquiriera -entre 1862 y 1867- don José de Buschenthal, para diseñar y construir en ellos su célebre quinta que llamó del "Buen Retiro".

José de Buschenthal, de origen judío y converso al cristianismo luterano, había nacido en la ciudad francesa de Estrasburgo, en 1802. En París trabó amistad con José Ellauri, Ministro uruguayo, y a través de él tuvo las primeras referencias de nuestro país. Llegó a Montevideo en 1849, a bordo de la fragata "Antoinette". Fundó sobre la margen derecha del río San José, a menos de una legua de su confluencia con el Santa Lucía el establecimiento de carnes conservadas "La Trinidad", convirtiéndose en proveedor del ejército francés; trajo el primer barco a vapor que navegó por nuestras aguas; y fundó la estancia "San Javier", siendo el introductor de los primeros toros de raza Durham, importados de Inglaterra y de ganado suizo lechero. Asimismo, instaló un molino de vapor casi sobre el actual camino Castro y Raffo, casi exactamente donde hoy existe el edificio del Liceo Militar "Gral. Artigas" e intervino en 1852 en la construcción del Hotel Oriental, en la calle Solís esquina Piedras, considerado como uno de los monumentales de la época en la todavía aldeana Montevideo.

Con las cinco fracciones de terreno que la integraban, la quinta del "Buen Retiro" alcanzó un área de 61.852 metros cuadrados. En ella, Buschenthal levantó su residencia y con el concurso del ingeniero paisajista francés Mr. Lasseaux formó un retiro encantador.

El paseo del Prado

En 1889 la ley declaró "de utilidad pública la expropiación de todos los terrenos y edificios que constituían la antigua quinta de Buschental" y autorizó, asimismo, a expropiar "con el sólo objeto de ensanchar el actual paseo público denominado 'Prado Oriental' hasta quince hectáreas sobre las propiedades linderas y colindantes con dicho paseo público."

Poco a poco, otras zonas aledañas se fueron integrando al paseo del Prado. Así, por ejemplo, el cercano Paso del Molino y el llamado barrio Atahualpa, a cuya colocación de la piedra fundamental, el 16 de agosto de 1868, asistió el Jefe Político de Montevideo, en representación del presidente de la República, Gral. Lorenzo Batlle. El nombre de este paraje se deriva dell famoso Inca que reinaba en el Perú en la época de su descubrimiento y conquista por los españoles. El núcleo de población diseñado y loteado para construir dicho barrio, fue fundado por la denominada sociedad "Fomento Montevideano", en terrenos de Juan A. Estomba, frente a la actual capilla Jackson. Otros barrios también integrados al Prado, son el conocido con el nombre de Solís, establecido como tal en 1889 sobre el camino Millán y en las cercanías del paso de las Duranas; Diecinueve de Abril, en abril de 1890, por el Banco Transatlántico del Uruguay, creado por el Dr. Emilio Reus; Aires Puros, en enero de 1907, fundado por Francisco Piria; y el llamado La Criolla, en agosto de 1909, a los fondos de la Capilla Jackson.

En 1902, el paseo incorporó el "Jardín Botánico" y en 1912 la Rosaleda, con la dirección del Ing. paisajista y horticultor francés Carlos Racine. El 15 de setiembre de este último año fue inaugurado el "Hotel del Prado", obra del arquitecto alemán Jules Knab.

Nuevo París, Belvedere y 19 de Abril

Nuevo París, fundado en 1869, se halla al norte del Paso del Molino sobre la ruta a Santiago Vázquez -actual avenida Luis Batlle Berres- pasando la cuchilla de Juan Fernández y constituye un denso núcleo poblado. Desde fines del siglo XIX se instalaron en sus alrededores numerosas curtiembres que, desde entonces, caracterizaron a la barriada.

Belvedere se halla ubicado en lo alto de la Cuchilla Juan Fernández y fue iniciado, entre Nuevo París y Pueblo Victoria, en abril de 1892 por Francisco Piria, que tenía allí su residencia de verano.

Entre Nuevo París y Paso de la Arena, con epicentro en la Av. Luis Batlle Berrres y camino de las Tropas, se extiende el barrio denominado 19 de Abril, en 1976, por el ex Ministerio de Vivienda y Promoción Social. En su origen se había constituido, con carácter de emergencia, en un terreno privado. Pero la solidaridad de sus vecinos, representados por una activa Comisión, obtuvo que el Banco Hipotecario del Uruguay adquiriera el terreno donde se asentaba dicho barrio y se negoció un acuerdo con la Intendencia Municipal para la construcción de viviendas en el mismo.

Bella Vista

Donde hoy se encuentra el barrio  Bella Vista desembarcaría en octubre  de 1708 el sacerdote, astrónomo y botánico francés Louis Feuillée, quien iba de viaje hacia el estrecho de Magallanes. Fue, quizá, el primer agricultor de Montevideo. Durante los tres meses pasado en la costa de la bahía, plantó una huerta de repollos, rábanos, perejil y lechugas y realizó varias observaciones metereológicas y de fauna alada de la zona. En los hornos fabricados por la tripulación en tierra, se cocieron los primeros panes el 25 de octubre.

Más de un siglo después, hacia 1830, en una de sus quintas, Pelegrino Gibernau plantó un viñedo y sus primeros vinos fueron brindados, según Teodoro Álvarez, en el banquete celebrado por el general Oribe, en 1835, al ocupar la presidencia de la República.

En 1842, Francisco Farías, como consta en un aviso publicado por "El Constitucional" el 7 de octubre de ese año, inicia remates de solares en la zona. Aseguraba a los futuros compradores que el dinero que desembolsaran sería tripliclado "a la vuelta de un par de años". El paraje de Bella Vista era ponderado como el punto más elevado y pintoresco de la ribera de la capital uruguaya.

Bella Vista, asimismo, guarda en la presencia de su estación ferroviaria, primeramente ubicada en la esquina de Uruguayana (actual Manuel Herrera y Obes) y Olivos (actual José Nasazzi), el origen de la actividad de los ferrocariles, el primer día de 1869, cuando el Presidente de la República General Lorenzo Batlle y su comitiva llegó a la entonces Estación de Montevideo y vio como el convoy, entre vítores y pirotecnia, se puso en marcha rumbo a Las Piedras.

La estación se mantuvo en dicha ubicación hasta comienzos de 1873, año en que fue trasladada a su actual emplazamiento. Desde 1960, lleva el nombre del "Dr. Lorenzo Carnelli", en homenaje a quien los ferroviarios deben la Ley jubilatoria que los amparó.

El arroyo Seco

Durante la segunda mitad del siglo XVIII y partiendo del Portón de San Pedro, se extendían los caminos del Cerrito y del Miguelete, que cruzaba el arroyo de este nombre a la altura del paso del Molino, en un ancho de veinte varas. Pero el primer obstáculo que debía cruzar este camino era el del llamado Arroyo Seco. Durante años se aceptó la versión del cronista Isidoro de María de que dicho topónimo derivaba del saladerista y hacendado Juan José Seco. Pero como lo demostraría Juan A. Apolant dicha suposición no corresponde a los hechos. En efecto: la denominación "Arroyo Seco" se encuentra ya en 1756 y 1757, años en que Cosme Álvarez Romero y Francisco Castellano solicitaron terrenos en el "paraje llamado Arroyo Seco" o "frente al Arroyo Seco", o sea en una época en que Juan José era un muchacho y vivía en Buenos Aires. Por lo demás, la diligencia de toma de posesión a los solicitantes fue practicada por el entonces Alguacil Mayor de la Ciudad, Martín José Artigas, el 6 de mayo de 1758, "en el arroyo nombrado Seco, territorio perteneciente al ejido de esta Ciudad."

"En verano, sobre todo, era un hilito de agua inofensivo -describe Emilio Carlos Tacconi- y, en ciertas oportunidades, ni eso. De ahí el origen de su signo patronímico. Lo que no fue óbice para que en determinados días de fin de siglo y luego de una seguidilla de lluvias torrenciales, creciera en forma inusitada hasta anegar la Av. Agraciada y colarse en algunas casas de la vecindad, con el consiguiente pánico de sus moradores, obligados a evacuar perentoriamente sus refugios habitacionales."

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