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Centro

Última actualización: 25.04.2011 - 12:57
Las ciudades del mundo entero están viviendo una reafirmación de su centralidad. Las razones no son sólo urbanísticas sino también simbólicas, porque revivir el centro y su principal avenida, es como reconocer que la ciudad tiene un corazón.

Las ciudades del mundo entero están viviendo una reafirmación de su centralidad. Las razones no son sólo urbanísticas sino también simbólicas, porque revivir el centro y su principal avenida, es como reconocer que la ciudad tiene un corazón.

Montevideo fue fundada con el carácter de bastión militar, construyéndola en la península. Claras razones estratégicas impusieron dejar libre de obstáculos los espacios aledaños para no entorpecer la eficacia defensiva de las bocas de fuego de sus baluartes y murallas.

La situación de esta zona de extramuros, conocida como Campo de Marte o ejido, donde estaba prohibido edificar construcciones permanentes, cambió tras la emblemática demolición de las fortificaciones de la ciudad colonial en 1829, luego de afirmada la independencia.

A partir de entonces la ciudad amurallada dejó paso a una ciudad abierta. Para eso se le encomendó al responsable de la demolición de las murallas, el sargento mayor José María Reyes, la delineación de la Ciudad Nueva que contaba con unas 160 manzanas ubicadas en el ejido y directamente anexadas al núcleo colonial, zona de extramuros que se encontraba escasamente poblada: hacia 1829, el total de la población montevideana no pasaba de los 14.000 habitantes.

A partir de entonces el Centro fue escenario de permanentes transformaciones. En la actualidad lucha por reconvertirse en un espacio primordial de referencia, cuando en la ciudad surgen otras centralidades. Pero la lucha vale la pena. El centro de Montevideo tiene valores estéticos relevantes, con edificios de primerísima línea a nivel mundial.

El Centro es convivencia de lo viejo y lo nuevo, donde las arquitecturas modernas mantienen una relación armónica con las eclécticas y las intervenciones contemporáneas. Las calles del Centro están pobladas de recuerdos conocidos: la exuberancia del eclecticismo, las tracerías modernistas, la verticalidad y geometrización del déco así como el despojado racionalismo.

En 1829 se delineó una importante plaza para la Ciudad Nueva. En 1840 recibió el nombre de Cagancha, en homenaje al triunfo militar de Rivera sobre las fuerzas argentinas. En 1865, además del nombre, tenía poca cosa más para mostrar. Dos años después, en 1867, se inauguraría la Columna de la Paz.

Montevideo busca reafirmar a 18 de Julio como el centro por antonomasia de la capital y de la República. Y esto no sólo por razones económicas o para recuperar su funcionalidad, sino fundamentalmente por su valor simbólico. Por algo 18 de Julio es y siempre ha sido el lugar de convergencia ante todo acontecimiento que afecta al país y a la ciudadanía en general: para celebrar una elección o un campeonato de fútbol, la gente va a 18.

Allí tienen lugar los desfiles de Carnaval y también celebraciones espontáneas de los eventos nacionales o internacionales, como la liberación de París, que en 1944 convocó a una muchedumbre que incluía desde el Presidente de la República Juan José de Amézaga hasta el menos encumbrado de los montevideanos.

Además de su significación simbólica –su principal papel- 18 de Julio y su entorno continúan siendo un centro de compras y el núcleo cultural y turístico de la capital.

Nacida como eje de la Ciudad Nueva, primera expansión del casco colonial, representa al Estado independiente. Por algo su nombre se origina en la Jura de la primera Constitución de la República, el 18 de Julio de 1830.

En nuestros días, la avenida hilvana lo que fue antaño la vieja ciudad amurallada con los terrenos de extramuros y el Cordón, en un trazado urbanístico que, en lo esencial, continúa el de la antigua Calle Principal.

En el plano que se trazó por encargo del gobernador Bruno Mauricio de Zabala, y que fuera aprobado por Real Cédula de 1723, se ubica en la loma o parte más elevada de la Cuchilla Grande el rumbo del futuro camino, sobre el cual una centuria después, en 1829, José María Reyes proyectaría el trazado de la Calle Principal, que a partir de 1843 se denominaría “del 18 de Julio”.

Durante décadas, el adoquinado fue la base transitable de nuestra principal arteria. Recién en 1912 fue construido el pavimento asfáltico, que subsistió hasta las reformas cumplidas en 1971 y 1975.

Pueden diferenciarse tres tramos principales, en atención a su traza y al tejido edilicio y urbano. El primero, desde la plaza Independencia hasta la Explanada Municipal, comprende el patrimonio de mayor calidad edilicia y urbana, con lenguajes arquitectónicos vanguardistas, donde se implantaron lujosas residencias, salas de espectáculos, grandes tiendas, organismos públicos y comercios, con dos mojones como son la estatua de Artigas y la Columna de la Paz, en la plaza de Cagancha.

El segundo tramo, que se extiende hasta el nodo urbano, próximo al Banco Hipotecario, presenta numerosas sustituciones edilicias, con un estilo diferente.

El tercer tramo, de Arenal Grande al este, corresponde a un proceso de consolidación posterior, con numerosas sustituciones edilicias, donde la importancia se limita a lo vial, realzado por el perfil del Obelisco recortado en la masa verde del parque Batlle. En los últimos años del siglo XX, 18 de Julio recibió una remodelación sustancial, que buscó reafirmar la jerarquía de la principal arteria de la ciudad.

Antaño, ir al Centro era un verdadero ritual. Se iba por trabajo, negocios, pero también de paseo, a tomar algo, al cine, al teatro o simplemente a mirar vidrieras. El Centro era el principio y la referencia, al punto que la plaza de Cagancha marca el kilómetro cero del sistema vial de todo el país. En tiempos de crisis de referencias es importante recordar el carácter de la palabra centro.

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