Plazas

22.01.2015
Las plazas son el corazón de las ciudades. Marcan el ritmo ciudadano y lo transmiten a través de las calles, sus arterias. Algunas son taquicárdicas. La gente las transita con la prisa de aquel que tiene que alcanzar de cualquier manera ese ómnibus o de quien sabe que en un minuto cierra la puerta del banco. A paso apurado cruzan ejecutivos de traje, corbata y maletín, secretarias impecables y cadetes con mp3.

Las plazas ceremoniales, donde el pueblo tributa homenaje a la historia, sus héroes, sus dioses. Allí se ubican los símbolos identificatorios de la comunidad -edificios, banderas, monumentos- esos que propios y extraños observan con detenimiento, respeto y admiración. Por eso tienen sus días de gala, cuando se llenan de gente, flores y música.

Hay otras que se han convertido en punto de encuentro popular. Para celebrar, protestar o reclamar. Muchas veces ni siquiera es necesaria una convocatoria. Cuando todos saben que hay que estar, simplemente, van.

Y llegamos a la del barrio. Todos tienen una. La de los primeros juegos, la del amor. Esa que recibe cuando se quiere esquivar la siesta o estirar la noche. Donde los padres comparten hamacas con los hijos, los amigos confesiones y sueños, las vecinas primicias y los abuelos el pan con las palomas.

En fin, son corazones. Palpitantes. Montevideo tiene mil, entre plazas, plazoletas y plazuelas. Cada una late con su sístole y diástole particular. Con su reloj vital. Con su historia.

Una historia que comienza con los orígenes mismos de la ciudad. Cuando Pedro Millán delineó Montevideo, en 1726, proyectó también su plaza Mayor. Estaba delimitada por las calles de la Carrera (actual Sarandí), Real (Rincón), de la Iglesia (Ituzaingó) y del Medio (Juan Carlos Gómez).

El 24 de septiembre de 1812 se juró allí la Constitución española, aprobada ese año por las Cortes de Cádiz. Las Cortes ordenaron que la plaza principal de todos los pueblos en los que se hubiera publicado la Carta tomara el nombre de “plaza de la Constitución”.

El corto período que duró la dominación hispánica desde entonces, hasta mediados de 1814, impidió que el nombre tomara arraigo en los montevideanos, que siguieron llamándola Matriz, por la iglesia ubicada en su costado oeste. En 1843, Andrés Lamas volvió a designarla de la Constitución, “en memoria de que allí la juramos solemnemente el 18 de Julio de 1830”. Esa es la historia de la primera plaza de Montevideo, la plaza de la Constitución, que muchos siguen llamando Matriz.

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